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SEA EN LOS MOMENTOS COTIDIANOS O EN LOS ESCENARIOS MÁS DECISIVOS, LAS PRUEBAS SON SIEMPRE UNA INDEFINICIÓN Y NUNCA PODEMOS TENER CERTEZA DEL RESULTADO QUE ELLOS PRODUCIRÁN.

Hay una gran diferencia entre tentar y probar a Dios. Cuando se hace una prueba verdadera, ya tenemos definido el resultado que esperamos y no hay espacio para decepciones. Cuando pruebas tu amor, tu gratitud, tu amistad por alguien, tu dignidad o hasta mismo cuando pruebas tu talento en lo que haces, no te preocupas en que salga mal, porque sabes que estás probando lo que hay de mejor y más verdadero en ti.

De la misma manera acontece cuando probamos nuestra fe. Debemos hacer nuestra parte antes de cualquier cosa, porque sabemos que el retorno siempre será positivo.

Dios nos llama a hacer esta prueba:

“Traed todo el diezmo al alfolí, para que haya alimento en mi casa; y ponedme ahora a prueba en esto —dice el Señor de los ejércitos— si no os abriré las ventanas del cielo, y derramaré para vosotros bendición hasta que sobreabunde.”

Malaquías 3:10

“Probad y ved que el Señor es bueno.¡Cuán bienaventurado es el hombre que en El se refugia!​​.”

Salmos 34:8

​Probamos nuestra fe de forma eficaz cuando hacemos nuestra parte, entregando nuestros diezmos, por ejemplo. A través de él mostramos que no estamos apenas dispuesto a intentar una nueva manera de hacer las cosas, sino que también priorizamos lo que Dios determinó para nosotros. Cuando, juntamente con nuestros diezmos, hacemos nuestra ofrenda de fe, podemos probar esa confianza verdadera.

Con esas dos actitudes (diezmar y ofrendar) probamos nuestra fe y en consecuencia vemos los beneficios en nuestras vidas. Este es el vínculo que nos alía a Dios y nos lleva a tener una vida apropiada y de calidad.

Dios es contigo y yo también.

Ojf​

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